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martes, 13 de octubre de 2015

35 horas de viaje, Argentina-Estado Plurinacional de Bolivia, días 1 y 2

Consciente de lo que me esperaba y armado con toda la paciencia del mundo, el 26 de agosto a las 16:00 me subí a un cole de La Veloz del Norte rumbo a La Quiaca. El tiempo de viaje estipulado son 21 horas, así que pasado el mediodía del 27 tendría que estar ya en la frontera con Bolivia.
Un hecho positivo, mi asiento lado ventanilla no estaba ocupado, el lado negativo, el pasaje estaba compuesto por 4 varones, 20 madres muy jóvenes y 145 entre bebés y niños muy pequeños, hecho que aseguraba sinfonía de llantos, mar de retos y muchos pañales por cambiar. La primera parte del viaje es muy tediosa porque la Nacional 34, todavía de dos manos carga con una cantidad que orilla al infinito de camiones, algunos muy veloces y otros verdaderos dinosaurios vivientes que intentan trasladar cereal desde pueblitos remotos hasta las cerealeras de Puerto General San Martín. El ómnibus circula a no más de 50kh durante largo rato hasta que puede ir pasando de a uno la larga fila a veces superior a 10 camiones que tiene por delante. Anochece en Rafaela y paramos para comer en Ceres, límite entre Santa Fe y Santiago del Estero.
Proseguimos viaje y pronto dejamos atrás al día 26, la sinfonía de llantos era inevitable, pero en este caso y por primera vez funcionó para que me durmiera profundamente, tanto que me despierto en Güemes, Salta, con el sol tratando de ganarle a las montañas, luego vendrá San Salvador de Jujuy y un sin fin de nueva obra pública que incluye terminal recién inaugurada y autopistas que suben y bajan distribuyendo vehículos a nuevos barrios todos con la imágen de la Tupác en sus tanques de agua.
Paramos para desayunar en Volcán, una leche con 1,5 mg de café y tres ricos bizcochos. Aprovecho unos minutos para tomar unas fotos a la estación y a una pintada que me pareció muy ingeniosa.
El viaje continúa por la Quebrada de Humahuaca y toda su belleza y luego asciende a la Puna, para arribar puntualmente a las 12:45 a la terminal de La Quiaca.
Camino lentamente hacia la frontera, hago migraciones sin inconvenientes y arribo a Villazón.
Cambio pesos por bolivianos con una relación extremadamente desfavorable para nosotros, Bolivia casi no tiene inflación y el valor de su moneda con respecto al dólar ha tenido muy leves modificaciones en los últimos años, su economía es muy estable y nadie habla del fantasma de una posible devaluación.
Compro Soroche para el mal de altura, almuerzo y saco boleto para las 15:45 rumbo a La Paz, serán entre 15 y 16 horas de viaje seguramente en un colectivo muy poco amigable.
Me relajo en la plaza, escribo las primeras notas y camino la cuadra que me separa del terminal. A los pocos minutos ponen el colectivo de la empresa Trans del Sur I, un Volvo piso alto de la década del 80, sin calefacción y con un asiento que no se reclina, el pasaje, 4 varones 14 mujeres y 126 entre bebes y niños muy pequeñitos. Sigo con el mismo modelo de hacerle caso omiso a los llantos, los retos y los olores a cambio de pañal y disfruto del bellísimo paisaje entre Villazón y Tupiza. Cena en Cotagaita, paso, no tengo ganas de comer pollo frito, chicharrón fricasé o pollo a la broaster, camino unas cuadras por el mercado, me encantan los mercados, ahora de noche iluminados tan solo por el fuego de un fogón.
Proseguimos viaje, el frío dentro del ómnibus es terrible, se me congelan las piernas, pero igual me duermo hasta que me despiertan las luces de Potosí. Me gana nuevamente el sueño hasta que me despierta el frío de Oruro, son las 03:00 del día 28 de agosto, llevo 35 horas viajando y todavía me quedaban cuatro más para llegar a La Paz.

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