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viernes, 26 de diciembre de 2014

Las soledades de la Puna, La Casualidad, Mina Julia, el pájaro de fin de invierno y el eterno viajero, día 3, Salta, Argentina

Para completar la vuelta que estaba prevista para esta tercer jornada era necesario arrancar bien temprano y sin siquiera desayunar salimos por la maltrecha traza de la provincial 27 en busca de La Casualidad. Llegando a Caipe se abre a mano izquierda la ruta pavimentada que hace cuarenta años era transitada por una gran cantidad de camiones y vehículos que bajaban material desde Mina Julia hasta la estación del ferrocarril. El proyecto minero nace con la necesidad durante la segunda guerra mundial de sustituir las importaciones de productos que por culpa del conflicto dejaron de arribar a nuestro país. El complejo de La Casualidad se pone en marcha en 1951, tenía el equipamiento necesario para albergar a trabajadores, ingenieros, mujeres y niños. Contaba con viviendas, escuela primaria y secundaria, servicios sanitarios, provisión de agua corriente, gas natural, red cloacal, luz, teléfono, cine, confitería, teatro, hotel, capilla, cancha de fútbol y básquet. En el lugar se procesaba el azufre que mediante un cable carril de 15 kilómetros de extensión bajaba del Cerro Estrella en donde se hallaba la bocamina de la Mina Julia, luego mediante camiones el material procesado recorría los setenta kilómetros que la separaban de la estación Caipe para ser cargado en vagones del FCGB rumbo a Salta utilizando la vía del mítico ramal C14.
Durante el recorrido se bordean despojos de varias coladas volcánicas y a lo lejos lucen majestuosos el Antofalla y el Salar de Arizaro. Llegando a La Casualidad se divisa a modo de costura el camino de azufre que fueron derramando las vagonetas durante casi 30 años de trabajo continuo, por detrás el Cerro Estrella nos regala su amarillo tan contrastante.
Establecemos la primera parada en el camposanto, ubicado a kilómetro y medio del pueblo a 4250 metros de altura. Para 2005 se contabilizaron 288 tumbas, la misma persona en 2007 pudo encontrar 223 sepulturas, posiblemente la diferencia se deba a traslados, pero lo más probable es que el viento que no para de correr a más de 60 kilómetros por hora haya sido quién se llevó al infinito los restos de las solitarias tumbas. La vista es sobrecogedora y el sonido del viento inquieta.
Tras caminar durante algunos minutos te invade esa sensación tan particular que generan los camposantos y si a eso le sumamos los sonidos que provoca el viento, el frío, la altura y la soledad más extrema la resultante se magnifica. Es hora de seguir, una curva, la cresta de otra subida más y al fondo aparece la ciudad perdida.
A fines de la década del setenta y argumentando razones económicas, José Alfredo Martínez de Hoz,  Ministro de Economía de la dictadura miliar hizo cerrar la mina por decreto, en concordancia con el proyecto de favorecer las importaciones en desmedro de la industria nacional, paradójicamente Chile siguió tras la cordillera con la explotación de su mina de azufre.
El cierre se produjo en 1977 y para 1979 fue deshabitada, el resto lo hicieron los vándalos de siempre y el clima extremo que no sabe de políticas cíclicas ni traidores. Caminar por sus entrañas afloran los mismos sentimientos de tristeza, bronca e impotencia que acompañan a todos los abandonos que uno ha registrado, pero de nuevo, los excesos que la gobiernan magnifican cualquier cuestión.
Los tiempos programados no dan como para quedarse todo el tiempo deseado, siempre ocurre lo mismo, estos son sitios para permanecer por días, en la búsqueda del detalle, del verdadero espíritu que se halla escondido en los rincones, en las paredes, en la hoja de un libro que no se quiso ir, en el único pupitre que enfrenta a la pizarra, en una botella, en una lata, en un papel escrito por algún aventurero y contestado por un viejo habitante que cada tanto regresa en la búsqueda de memoria para seguir adelante, detalles que mutan a sensaciones, pensamientos, flashbacks que nos sitúan durante un mediodía de partido de fútbol, justo antes que el puntual viento del O desembarque a primera hora de la tarde para ganar protagonismo en lo que resta del día, sensaciones que se van acumulando y que inevitablemente terminan con los ojos humedecidos por tantas ausencias.
Y la vieja pregunta se hace recurrente, por qué los cambios de paradigma siempre generan abandonos que inevitablemente se convierten en ruinas irrecuperables. Un conglomerado urbano para casi 3000 personas que fue utilizado apenas durante 26 años, es de un día para otro dejado a la buena de los buitres y el clima de la Puna sin considerar el esfuerzo que demandó su ejecución, los desarraigos, las ilusiones, los muertos que quedaron tan lejos de casa, nada le importó al funcionario que estampó su firma condenar a muerte a La Casualidad, claro, tantas muertes fueron firmadas durante esos años que cincuenta casitas de piedra a 1500 kilómetros de su confortable despacho no significaban absolutamente nada.
Año 1954

Son pasadas las 10:00 y David me dice que no quiere estar allá arriba para cuando llegue el viento puntual del O, allá arriba significa pasar de los 4230 metros de La Casualidad a los 5230 metros de la base mina en tan solo 25 kilómetros.


La trepada inicial es muy violenta, agravada por los cables del cablecarril que impedían pegarse a la montaña, pero el vértigo se compensa con la visión del Antofalla y del Salar de Arizaro que se muestran en todo su esplendor .

Las laderas del Cerro Estrella invitan a ganar altura en busca de la bocamina, pero las ganas quedan en intento cuando el cuerpo no responde. Los 5225 metros que marca el GPS te demuelen, el viento y el frío aportan lo suyo, y pensar que en agosto la temperatura cae a - 40 grados bajo cero, los vientos superan los 100 kilómetros por hora y la entrada a la mina todavía queda 600 metros mas arriba.



La costura vista desde arriba invita a seguir su derrotero, pero cualquier movimiento extra pesa y el tiempo apremia todavía más, son casi las 12:00 y recién estamos a mitad de camino, y hablando de camino, durante la bajada en la búsqueda de la provincial 163 surcamos huellas que el GPS no detecta como ruta, son tan solo eso, huellas que quizás no conduzcan a ningún lado.


Enlace al documental de Federico Dada sobre La Casualidad


Indudablemente la vedette durante el primer tramo del descenso es el Volcán Llullaillaco, su desierto y su salar. La montaña acrecentó aún más su fama luego que fueran descubiertos junto a su cima los tres niños Incas momificados como parte de un ritual llamado Capacocha. Los estudios revelan que los niños se quedaron dormidos por la intoxicación producida por la ingesta masiva de hojas de coca y chicha. Una vez que perdieron el conocimiento, los tres fueron colocados en nichos de enterramiento, donde murieron congelados a 6700 metros de altura. Según su cosmovisión los infantes serían guardianes de sus aldeas, vigilando desde las alturas el bienestar de su pueblo.

La doncella
El niño
La niña del rayo



El camino siempre presente, aunque ese camino sea una huella casi imperceptible, así fue todo el tramo de enlace entre la Mina Julia y la montaña donde yace la 9702, una combinación de camino marcado con suaves marcas sobre la piedra y la arcilla. Atrás quedó el Llullaillaco y ahora se luce el Socompa, su laguna y salar. Las 14:00 hacen que nuestras vidas pasen a estar gobernadas por el rey viento, que puntualmente ha invadido todo el espacio de la Puna.


Al frente nuestro aparece la vía y la montaña que cobija los restos del tren desbarrancado. La crónica cuenta que en la gélida madrugada del 30 de agosto de 1996, la formación a cargo de la GT22 9702, con tres trabajadores a bordo saltó de las vías para intentar tomar vuelo cuán pájaro de fin de invierno. La caída resultó fatal para los tres ocupantes que cayeron más de 150 metros golpeando sobre piedras gigantes, soportando una tormenta de nieve que tapó casi por entero los despojos retorcidos.
Las causas del accidente nunca se esclarecieron, se habló de un desmoronamiento previo, de exceso de velocidad, de congelamiento del sistema de frenos. Hoy cuando eventualmente una formación traspone el lugar, detiene su marcha durante unos minutos en señal de homenaje, en el lugar del hecho, las cruces colocadas por los miembros de la familia Alegre de Quebrada del Agua suman en esa misma dirección.

Primera foto tomada luego del accidente, extraída del blog ramalc14


Emprendemos el regreso rumbo a Tolar Grande, la provincial 163 luce en muy mal estado, así que la marcha es lenta y el cansancio empieza a despuntar. Después de un rato una pequeña cruz a la izquierda del camino invita a curiosear. Karl Wilmer se lee con claridad en la madera, David me cuenta que es la famosa tumba del alemán, seguimos viaje con la promesa de investigar que había pasado con el mismo.


Entre la Quebrada del Agua y Chuculaqui, en la márgen izquierda del camino se encuentra ésta solitaria tumba, que como era de esperar tiene una fascinante historia. Unos años por detrás del 30 un buque atracó en el puerto de Buenos Aires y como es costumbre, la tripulación bajó a tierra. Dos de ellos, vaya a saber por qué motivos, se atrasaron y perdieron el barco que del Río de la Plata continuaba viaje hacia el S para dar vuelta por el Cabo de Hornos para atracar luego en Valparaíso y Antofagasta. Esta navegación demandaba naturalmente varias semanas, desesperados, los dos marineros optaron por cortar camino y atajar su nave en Antofagasta. Tomaron el tren de Retiro a Tucumán, continuaron a Salta, y de allí ascendieron a un convoy que los acercaría al límite con Chile. Por ese entonces la punta de rieles de la construcción del ferrocarril llegaba hasta un poco más allá de Olacapato, aunque desde allí resultaba posible avanzar un poco más usando los medios que tenían a su disposición los obreros de la construcción del C14. Llegado hasta Caipe el solitario viajero (que tal vez fueron dos, no se sabe a ciencia cierta) decidió seguir como fuera. Vanas fueron las advertencias de quienes conocían la Puna. El hecho es que, tras caminar un buen trecho, nuestro hombre de traje y valija, sucumbió al intenso frío, la falta de alimentos y agua. Su cuerpo fue hallado por algunos miembros de la familia Alegre, que residía un tiempo en la ciudad de Salta y un tiempo en la Quebrada del Agua. En el el bolsillo de su ropa encontraron una carta, dirigida a su madre, de ahí se supo que se llamaba Karl Wilmer y que tenía 28 años de edad. Los Alegre lo inhumaron, colocaron una cruz, y en años posteriores nunca dejaron de llevar cada tanto algunas flores de papel hasta aquella solitaria sepultura, que conserva un cristalito en donde se adivina una foto casi imperceptible.

Las estaciones abandonadas del C14 son las protagonistas del camino de regreso, primero Chuculaqui y luego Caipe nos muestran sus despojos, recordemos que en esta última se producía durante los años de funcionamiento de Mina Julia un gran movimiento de formaciones que trasladaban el material procesado rumbo a Salta.

La última parada la establecemos en el Túnel del Hombre Muerto, una cueva que resultó ser sepultura natural de un pastor que murió congelado. Para arribar hasta ella se debe circular sobre el Salar de Arizaro con su color rojizo como protagonista.

La última imágen corresponde al Cerro Teta, final feliz para un día larguísimo con imágenes que todavía hoy siguen vivas. Arribamos a Tolar a las 19:30, releo en mis notas que hubo sopa de cena y que compartimos Argentina 0, Costa Rica 0.




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