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sábado, 11 de agosto de 2012

Los misterios de la Puna, el Pueblo Fantasma, Bolivia

A poco de salir de San Antonio de Lípez, el guía principal me dice que se desviará para darme una sorpresa, debido a que estamos con muy buen tiempo de marcha, bueno le dije, usted manda maestro...
La sorpresa se develó tras una prolongada subida, allá a lo lejos cobijado tras el manto protector de una montaña se hallaba el famoso Pueblo Fantasma, había oído hablar de él, pero no tenía ningún registro de imágen, el pueblo fue un asentamiento minero utilizado inclusive antes de la llegada de los aniquiladores.

El pueblo se ubica a 4690m y sufrió su primer éxodo al perder los realistas el poder a manos de los independentistas en el siglo XIX. Luego la explotación minera siguió hasta 1960, para ser abandonado completamente hacia el final de la década.
La caminata se vuelve silenciosa bajo una carga de profundo asombro, el tiempo no parece fluir, los pasos se acortan por la altura y por un deseo inexplicable de no querer partir, una profunda comunión con la tierra se produce ante cada rincón nuevo que uno va transitando, gritos del pasado, susurros de las ánimas que anidan entre las piedras y silencios actuales se entremezclan en un estado de éxtasis difícil de trascribir.
La parada se extiende y el guía local pide seguir viaje, la partida inmediata la hago mirando hacia atrás trantando de atesorar la mayor cantidad de imágenes posibles, el pueblo se pierde en la ahora pronunciada bajada y la puna vuelve a brillar con su máxima altura rozando los 5 mil frente a la seca Laguna Morejón con la infinita guarda del Uturunco, sus seismil y su endemoniado viento según David, mi guía amigo argentino que lo escaló en varias oportunidades.
La hora de la merienda nos encuentra en el refugio de Quetena Chico, durante el resto de la tarde arribarán dos camionetas más con suizos, australianos, españoles y norteamericanos, la hora de la cena será una babel de anécdotas, intercambio de fotos y sentimientos, la noche la paso bajo una gruesas capas de mantas de lana de llama, única forma de soportar el mortal frío puneño.

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